¡Sí se puede!

 Luces en el túnel

Miguel Romero

Miércoles 11 de julio de 2012

Con unas pocas horas de diferencia, entre la medianoche de ayer día 10, y las primeras horas de la tarde de hoy miércoles 11, y unos pocos kilómetros de distancia, hemos asistido en Madrid a una representación actualizada de las dos Españas machadianas: la que hiela y la que calienta el corazón, la del ajuste vil de Rajoy en el Congreso de los Diputados y la de las marchas mineras con toda la solidaridad que las ha recibido y acompañado.

No es posible narrar ni aproximadamente la emoción compartida por no sé cuantos miles de personas (Esperanza Aguirre que se ocupa en el Estado Mayor del enemigo, entre otros menesteres, del discurso del desprecio de clase hacia el pueblo de izquierdas, ha dicho: “¿Cuántos eran 20.000? Pues me parecen pocos”. ¡Qué ganas de que llegue un día en el que le parezcamos demasiados!).

En realidad, 100.000 no es una cifra exagerada, allí esperando a la marcha minera, apretujados en cualquier hueco de la Plaza de la Moncloa, prolongada hacia la Complutense y hacia la Plaza de España, un gentío orgulloso de participar por medio de la solidaridad en la rebelión ejemplar de los mineros contra los desmanes de la crisis capitalista.

Emoción previa pues, cantando una y otra vez la Internacional, o Santa Bárbara, gritando lemas en los que siempre estaba presente la palabra “obrero”, como un conjuro que hiciera visible lo habitualmente invisible. Emoción también por la cercanía y el afecto inmediato con el desconocido, la persona que te cae al lado, un rasgo típico de las manifestaciones populares masivas, cuando se participa en ellas por convicción y con esperanza, ausente en esas procesiones rutinarias a que estamos tan mal acostumbrados. Y emoción, sobre todo, cuando por fin se empezaron a entrever a lo lejos las lámparas mineras, que representaban a los cientos de kilómetros de marcha, a la dignidad frente a la soberbia de las autoridades, pero también a uno de los símbolos y los mitos fundadores del movimiento obrero histórico: los mineros del carbón.

No sé qué puede significar este símbolo para la gente joven del 15M -bien presente por cierto en la movilización, lo cual es una excelente noticia- que no se sabe, aún, la letra del Santa Bárbara, y que probablemente no conoce el papel que las luchas mineras han tenido en la formación de la conciencia obrera desde sus orígenes, y particularmente el que tuvieron aquí en la lucha contra el franquismo.Pero la gente de izquierda de las generaciones anteriores compartimos la admiración hacia las y los trabajadores de las minas y sus comarcas, el recuerdo de tantas huelgas, de sus historias y sus leyendas. Y, quizás por eso, hay un sentimiento de deuda hacia ellos (en un sentido próximo al que le da Santiago Alba en un articulo precioso: “Y luchemos entonces para restablecer un mundo de deudores y acreedores, verdaderamente digno, en el que siempre adeudemos aún, y nos adeuden, una caricia, un insomnio, una manzana, un libro”), que hace pasar ahora a segundo plano las contradicciones ecológicas que plantea una lucha que reivindica la minería del carbón (“El pueblo de Madrid está con el carbón”, decía uno de lo mineros, traduciendo al producto de su trabajo una solidaridad dirigida hacia ellos), el cambio radical del peso social del sector y el tipo de organización sindical que le caracteriza, con un control estricto de las federaciones correspondientes de CC OO y UGT que no son, precisamente, una referencia de sindicalismo combativo. Nada de esto importa ahora, porque lo que importa es, además de vivir esas horas de solidaridad esperanzada, que es el alimento fundamental de la resistencia, una cualidad importantísima que la lucha minera puede aportar a la movilización y a la construcción de alternativas frente a la dictadura de los mercados que se está cebando contra nuestros pueblos. Esa cualidad, no sé si imaginada, pero que varios colegas hemos creído sentir en las marcha de ayer y de hoy, es la convicción de que estamos en una lucha a medio plazo y la plena disposición a darla, por todos los medios necesarios. Esas pueden ser, o son, las luces que las lámparas mineras han instalado en el túnel. Luces de verdad, de las que ayudan a ver por dónde hay que moverse, a evitar agujeros y trampas, y luces en el túnel en el que estamos encerrados, no esas milongas sobre el “final del túnel”.

Que estamos encerrados en un túnel y que nos arrastran por él a latigazos es la conclusión del programa que el presidente Rajoy ha dictado en el Parlamento, aplicando las instrucciones de la Troika, aunque en este caso no está del todo claro cómo se han repartido los papeles sus tres componentes. El análisis en profundidad de las medidas impuestas y de sus consecuencias lo harán quienes están capacitados para ello.

Sólo quiero señalar dos puntos generales: el primero, es la confirmación de que no hay oposición parlamentaria de izquierdas que pueda asumir el papel, cada día más imprescindible, de referente político frente a la derecha y esta UE.

Lo de Rubalcaba se lo debería hacer mirar. Verdaderamente, se supera en cada comparecencia. Las críticas de perfil bajo y con alternativas de perfil aún más bajo, los apoyos al gobierno en cuestiones vitales de la política europea, las ofertas consecutivas de pactos de Estado… todo esto quizás responda al cálculo de que Rajoy caerá, “como fruta madura”, que diría aquel, y que la alternancia será más cómoda cuanto menos expectativas de cambio genere. Es en cualquier caso una política absurda, como reflejan las caídas del PSOE en las encuestas de intenciones de voto.

Por supuesto, la política parlamentaria de IU es muy diferente. Pero si la tribuna del Parlamento puede tener alguna utilidad en un debate sobre medidas que suponen una agresión brutal contra las condiciones de vida de la mayoría de la población no será por decirle al gobierno que está echando gasolina a las calles, sino por proponerle a la gente indignada que podríamos hacer juntos con esa gasolina. Para eso sería necesario que la política parlamentaria estuviera subordinada a la política en y de las organizaciones y movimientos sociales. No es así, y ésta es una de las razones más importantes para concluir que hace falta otra izquierda.

El segundo punto es la dificultad para entender el proyecto de la Unión Europea para el Estado español; dicho de otra manera, donde quieren que esté y qué quieren que sea este país, digamos dentro de tres años, cuando teóricamente se apreciarán los resultados de la terapia de choque que se está aplicando. Es posible que ese proyecto no exista y que lo que se persigan sean simplemente victorias a corto plazo en la guerra de clases. Quizás el objetivo que proclamó Margaret Thatcher en la época ascendente del neoliberalismo: “La economía es el medio; se trata de conquistar las almas”, ahora se haya sustituido por “subyugar las almas”, lo que equivaldría a considerar la hegemonía como un objetivo de utilidad marginal. Quizás sea así. Pero la conclusión a medio plazo de las políticas que se están imponiendo en Grecia, Portugal, Irlanda y aquí, con diferencias más cuantitativas que cualitativas, parecen diseñar una “Europa del Este” en el Oeste, un conjunto de países empobrecidos en bienes y en derechos, gobernados por regimenes autoritarios-parlamentarios y sometidos al imperialismo interior del núcleo duro de la UE. Con estas o/y otras hipótesis convendría pensar en el adónde vamos, o adónde nos llevan, porque hay cuestiones políticas fundamentales vinculadas con estos debates.

Aunque habría que decir: adónde nos quieren llevar. Que nos lleven o no es lo que está en juego, en cualquier hipótesis.

¡Qué subidón escuchar en la Moncloa: ¡Sí se puede!, gritado con la misma convicción por quienes lo hicieron suyo, hace poco más de un año, en la Puerta del Sol y quienes posiblemente lo descubren ahora, llegando a Madrid con sus cascos y sus lámparas!

Miguel Romero es editor de VIENTO SUR

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